5 abr. 2013

La conferencia médica más apoteósica de todos los tiempos. Humor?





La comercialización del sildenafilo (Viagra) en 1998 supuso toda una revolución en el tratamiento de la disfunción eréctil y en las sábanas de muchos hogares. Antes de ello, las únicas y aparatosas opciones eran la bomba de vacío, las prótesis e implantes y la inyección de fármacos vasoactivos en el pene. Sobre este último método, llama la atención que no fuera hasta los años 80 cuando el Dr. Giles Brindley consiguió desarrollar con éxito los primeros tratamientos farmacológicos para estimular la erección. Sin embargo, lo más sorprendente de su historia no fueron sus descubrimientos y avances en la medicina (que fueron muchos y variados) sino la forma en la que este excéntrico doctor presentó al mundo sus hallazgos, en la que sería la conferencia médica más apoteósica de todos los tiempos. Uno de los asistentes, que jamás olvidaría dicha charla, narró los detalles en extensión en: Cómo (no) comunicar la información científica novedosa: memorias de la famosa conferencia de Brindley. Esta es una breve descripción de lo que pasó, basada en su narración:
Como tantas otras asociaciones médicas, la Sociedad Urodinámica de Estados Unidos se reunió en Las Vegas en el año 1983 para compartir entre los colegas de profesión los más recientes avances en su campo de especialidad. Uno de los invitados para dar una conferencia era el citado Dr. Brindley con el anodino título de “Terapia vasoactiva para la disfunción eréctil”. Los asistentes a esta conferencia que tuvo lugar durante la tarde (alrededor de ochenta personas, entre médicos y sus parejas) acudieron a ésta como a cualquier otra, completamente ajenos a lo que estaba por suceder.
El primer detalle anómalo que notaron los asistentes fue la extraña vestimenta de Brindley. En lugar de llevar el característico traje de corbata, llevaba un holgado chándal azul. Además, aparecía notablemente nervioso y andaba de forma rara. Cuando Brindley subió al estrado para comenzar su presentación el espectáculo comenzó.
El galeno comenzó explicando su hipótesis de que
se podía inducir una erección inyectando fármacos vasoactivos en los cuerpos cavernosos del pene (hoy suena a perogrullada, pero en aquel entonces era toda una novedad). Como no disponía de ningún modelo animal adecuado para probar esta pintoresca hipótesis, comentó que decidió recurrir a una de las tradiciones médicas más antiguas: experimentar con su propio cuerpo. Así que, ni corto ni perezoso, él mismo se inyectaba en sus experimentos diferentes sustancias vasoactivas (papaverina, fentolamina) para comprobar el grado de erección y tumefacción que conseguía con ellas. Lo siguiente que tuvieron que contemplar los asistentes a la conferencia fue una sucesión de 30 diapositivas con fotografías de su propio pene con diferentes grados de tumescencia tras la inyección de dichos fármacos. Los resultados de sus experimentos quedaron cristalinos para el público.
Pero eso no era suficiente para Brindley. Metódico, él mismo reconoció que no podía descartar en la presentación de sus experimentos que la estimulación erótica no hubiera desempeñado ningún papel en estas erecciones. Así que planteó la siguiente situación (que ya dejaba entrever lo que estaba por suceder): ninguna persona normal consideraba estimulante dar una conferencia ante un gran público como para provocarle una erección. Por esa razón, explicaba, se había inyectado papaverina en su habitación del hotel antes de acudir a su conferencia y, por eso, llevaba ropa suelta (el famoso chándal azul). Así que, en pos de la credibilidad y convicción de sus hallazgos, decidió hacer una demostración en vivo y en directo de su hipótesis: se apartó del estrado para ser visible ante el público y entonces se apretó los pantalones de su chándal en torno a los genitales para demostrar su erección. El público quedó estupefacto. Laurence Klotz, uno de los asistentes, detalla lo que sucedió a continuación:
El profesor Brindley no estaba satisfecho. Miró escéptico hacia sus pantalones y agitó la cabeza con consternación. “Desafortunadamente, esto no muestra los resultados claramente”. Fue entonces cuando se bajó los pantalones y los calzoncillos, dejando al descubierto un largo, delgado y claramente erecto pene. La sala se quedó en
silencio. Todo el mundo había dejado de respirar.
 Pero el mero hecho de exhibir públicamente su erección desde el estrado no era suficiente. Hizo una pausa y se planteó su siguiente movimiento. El drama se palpaba en el ambiente. Entonces él dijo con gravedad: “Me gustaría darle la oportunidad a alguien de la audiencia de confirmar el grado de tumescencia”. Con sus pantalones por las rodillas, y andando como un pingüino por las escaleras, se acercó a los urólogos y sus compañeras de la primera fila (para su horror). Conforme él se acercaba, con la erección al frente, cuatro de las cinco mujeres de las primeras filas levantaron los brazos, casi al unísono, y gritaron a viva voz. Los méritos científicos de la presentación habían sido abrumadores (para ellas) por el novedoso e inusual modo de presentarlos.
 Parece que los gritos conmocionaron al profesor Brindley, que rápidamente se volvió a poner los pantalones y volvió al estrado, terminando la conferencia. La multitud se dispersó en un estado de atónito desorden. Imagino que los urólogos que acudieron con sus compañeras tuvieron mucho que explicar. El resto es historia. 6 meses más tarde, el profesor Brindley publicó sus resultados.
 Y así quedó para el recuerdo y la posteridad una de las charlas médicas más memorables de la historia.
De MedTempus

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