6 oct. 2012

Un momento de nostalgia. Para mis amigos. (Algún día)


Sentado ante el ordenador, trabajando en ese libro de texto a terminar en fecha fija recibo la llamada de mis amigos, uno, dos, tres y así hasta cinco,  me animo, sonrío, abandono el fragor de la página en blanco esperando la frase adecuada que no llega y busco en mi correo electrónico más nombres de esos que me importan. Allí están, son ellos, como siempre, esperando para arrancarme el sentimiento, está Eduardo, mi “hermano” aunque naciéramos tan lejos, está Pablo ese “peazo” amigo (gracias) e insigne médico, está Pedro que me manda las fotos de un trabajo, una obra de arte su pintura que tantos desean a precio de mercado sin lograrlo y yo disfruto sin más coste que el de ser su amigo agradecido, está Xavi que me invita -otra vez- a soñar con amplis y guitarras una noche y dejar que la  música nos lleve en un pequeño bar con los aliados, aunque ya no esté uno para eso (que bueno tu disco nuevo, más enérgico y suave, mejores los arreglos,  más Springsteen, más tuyo y por ello –también- más nuestro) ,está Mariano que reclama mi presencia para el frio de los próximos pingüinos moteros (tarde llego, amigo, a leer tu correo), también Enrique y Carmen (iremos a Portugal cuando se pueda) que magnánimos me invitan a la entrega de títulos de un master donde explico un poco de la nada que sé a alumnos de aquí y del extranjero, está May con su sensibilidad y sus frases que te erizan los cabellos, está Carlos, Paco, Ramiro, María, Juan, Toñi, Fernando, Miguel, Luismi, Zhiad, Encarna, Alberto, Charo, Tere, Pedro, está…y los que no están ahí, están en mi recuerdo.
Si fuera más listo dejaría más de lado el trabajo y el esfuerzo para -como dijo García Márquez en su “Carta a los amigos”- dar valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Como él dormiría poco y soñaría más, escribiría mis odios sobre el hielo y esperaría que saliera el sol, no dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero que la quiero, aprendería a no querer vivir en la cima de la montaña, sino a ser feliz desde cualquier lugar de la escarpada, a entender que cuando un niño con sus manos regordetas, pequeñitas, te agarra por el dedo, te tiene agarrado para siempre. A gritar mi convencimiento de que un hombre solo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo para ayudarle a levantarse.
Si fuera más inteligente no esperaría más, haría hoy -porque quizá mañana nunca llegue- recuento de besos, abrazos y sonrisas que me deben y yo debo, pediría perdón, daría las gracias, te miraría a ti como si fuera la última vez que te voy a ver dormida, iría al encuentro de “los míos” siempre como si fuera la última vez que voy a verlos y cuando se fueran, como si no hubiera más veces para el encuentro, les llamaría de nuevo para darles más abrazos y más besos, esperando que como en el video de ahí arriba el amor sea, que lo es, un boomerang.

4 comentarios:

  1. Que suerte tenemos tus amigos de serlo. Un abrazo
    Juan

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  2. No lo había leído hasta hoy, pero el otro día me comentó Angel que posiblemente era a mi aquellas citabas. Un abrazo AMIGO.
    Como dice Juan: ¡Qué suerte, que gran suerte tenemos los quesomos tus amigos!
    Paco

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  3. A tantos kms. de España suena bien recordarte y que me recuerdes. Quiero pensar que te refieres a mí, pero si no lo es y el nombre lleva otro apellido, pues que igual me hace ilusión y seguire pensando que soy yo.
    Un abrazo enorme desde Cánada.
    Maria

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